
Parece que el decalaje entre la velocidad de desarrollo de la tecnología y el tiempo que tarda la filosofía en ofrecer una respuesta apropiada a su posible impacto va en aumento. Es interesante intentar detectar si hay un cuello de botella para la creación de nuevas propuestas y cómo puede aumentarse la productividad filosófica.
Tengo un amigo filósofo que se llama Ramon y dedica mucho tiempo a esta disciplina; me ha mostrado en primera línea la exigencia y dificultad del avance con rigor en esta especialidad de las humanidades. Es como si la ley de los rendimientos decrecientes se hubiera instalado permanentemente en ese singular espacio de creación.
Por supuesto, si comparamos la ciencia con la filosofía, la primera se centra en fenómenos observables y utiliza métodos empíricos y experimentales, con tal de obtener respuestas, mientras que la segunda se enfoca a preguntas amplias y abstractas, que muchas veces requieren un debate y consenso no fácilmente alcanzable. Aún y así, en línea con otras disciplinas, hay corrientes empíricas de filosofía bien consolidadas. No obstante, parece difícil en filosofía poder conseguir un índice de productividad como se obtiene en ciencia y tecnología. Un ejemplo claro para muchos lectores de esta publicación: si un técnico utiliza una herramienta CAD o de simulación 3D, está constatado que obtiene un aumento sensible de productividad.
Pero no siempre fue así. En la antigua Grecia, los avances en filosofía fueron impresionantes, quizá porque se partía desde un nivel de conocimiento más bajo o porque los primeros filósofos tenían unas cualidades cognitivas excepcionales. En cualquier caso, consiguieron una productividad filosófica extraordinaria. Posteriormente, hubo épocas prolíficas, aunque en filosofía siempre se ha presentado una alta impedancia al avance del conocimiento.
Beneficios materiales e inmateriales
Recuerdo que Ramón me comentó un día, de manera ingenua y espontánea, que escribir y reflexionar sobre filosofía no generaba beneficio. Esa frase parecía estar fuera de contexto y llamó mi atención. La palabra beneficio quizá la pronunció en el sentido económico (o no); pero le salió así. Por supuesto, Ramón sabe que la filosofía induce importantes beneficios materiales e inmateriales, aunque a veces no sean de forma directa. Su estudio y práctica estimula un comportamiento en la sociedad más justo y ordenado, entre otras ventajas. Pero quizá, lo que quería expresar Ramón aquel día, es que la filosofía es una disciplina dura y difícil para conseguir progresos.
Actualmente, una cuestión clave es el rápido avance de la tecnología, así como los riesgos y retos éticos que se plantean. Por supuesto, hay un debate entre filósofos acerca de este interesante tema. En la década de los 50, el filósofo austriaco Günther Anders ya hablaba de la obsolescencia del hombre, en cuanto a que la tecnología avanza de forma imparable y devalúa al humano, aunque este pueda quedar fascinado por ella. Incluso introdujo el concepto de utopía inversa para explicar que “nuestro problema, no es que no podamos conseguir un mundo mejor, sino que ya no podemos ni imaginar el mundo que hemos creado”.
El filósofo alemán Thomas Khun esgrimió el concepto de cambio de paradigma. Durante su vida, una persona podía asistir a constatar un cambio de paradigma, como mucho; actualmente, ya es posible que cada uno de nosotros pueda presenciar una sucesión de distintos paradigmas durante nuestra existencia. Khun quedaría asombrado de lo que está pasando en el siglo XXI.
Hartmut Rosa, filósofo y sociólogo, afirmaba que las sociedades modernas se ven virtualmente superadas por la transformación compulsiva de los cambios. Para él, la clave está en el factor de la aceleración.
Decalaje en el tiempo de respuesta
Pero es curioso que acudimos a la filosofía cuando surgen serias dudas de hacia dónde se encamina la sociedad y los efectos de la tecnología. Es el último recurso. En ocasiones, puede parecer que la filosofía no tiene respuesta para una determinada cuestión; es como si los filósofos fueran demasiado lentos en su cometido para interpretar los cambios (quizá también tengan una dosis de resistencia frente al cambio).
De cualquier modo, esta brecha de tiempo en la respuesta parece que va en aumento. Una razón que contribuye a esta dilatación en la contestación es que el trabajo de un filósofo es arduo y riguroso. Requiere energía cognitiva, disciplina y una buena dosis de pensamiento crítico. Además, el lenguaje es clave para poder expresar y transmitir los pensamientos. En este sentido, el filósofo austro-británico Ludwig Wittgenstein afirmaba que: “los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”.
Este particular proceso podría inducir a que los avances en filosofía sean incrementales y no radicales. Paradójicamente, Thoman Khun rechaza la idea de que sucesivas contribuciones de generaciones distintas conduzcan a una mejora incremental.
En cualquier caso, si la respuesta de la filosofía es cada vez más lenta, ¿dónde está el cuello de botella? ¿cómo podría acelerarse?
La generación de conceptos
Filosofar tiene que ver con desarrollar nuevas ideas o reinterpretar y evolucionar las ya existentes, induciendo a debates que sean fértiles.
Pero hay un elemento clave en la cadena de creación filosófica: el concepto. Quizá el ritmo de afloración de nuevos conceptos podría estar relacionado con la aparente baja productividad y constituir un punto crítico en la evolución de la filosofía. Algo así como un freno para el flujo de nuevos análisis e ideas. Los conceptos permiten conseguir nuevas perspectivas y la posibilidad de clarificar ciertos aspectos.
También ayudan a que la transmisión de conocimiento sea más fácil y efectiva. Si damos a esta hipótesis una oportunidad, entonces la cuestión estaría en cómo conseguir acelerar la producción de conceptos.
Un recurso con potencial para generarlos es la IA. Aunque es una propuesta atrevida y polémica, podría ser una herramienta atractiva para mitigar el problema. En principio, se trataría de ofrecer agentes IA que ayuden a los filósofos a ser más productivos en su compleja tarea. Este sería el espíritu de la propuesta.
Los conceptos son como bloques constructivos que permiten obtener nuevos pensamientos. Hay mucha literatura académica referida a la teoría y construcción de conceptos, con múltiples categorizaciones y estructuras. Los conceptos más sofisticados pueden llegar a constituir estructuras complejas, integradas por capas de más conceptos. Es como si se encapsularan conceptos dentro de otros conceptos, algo común en este ámbito. No obstante, en materia de teoría de conceptos, existe un debate abierto y dinámico entre los especialistas.
Una ventaja de aplicar determinados algoritmos de IA para la generación de conceptos es que el sistema tiende a detectar patrones en un océano de datos, con el objetivo de predecir y conseguir nuevos contenidos. Detectar patrones es un aspecto clave en este proceso de IA, pero es una forma totalmente distinta a como un filósofo generaría un concepto.
Una mejora en la productividad y la creación filosófica
Es en este apartado cuando la IA podría ser parte de la solución. El sistema tendría que aprender de múltiples contenidos relativos a la filosofía, en forma de texto, imagen, audio o vídeo, además de incorporar una base más amplia y genérica de datos de otras disciplinas.
Habrá que entrenar a la máquina para que vaya aprendiendo, en fase supervisada y autosupervisada, con ingente cantidad de información a digerir. A partir de aquí, este sistema de IA tendría que ser capaz de generar abundantes propuestas de conceptos.
Básicamente, se trataría de utilizar algoritmos ML (Machine Learning) y LLM (Large Language Models), capaces de leer, sintetizar y generar contenido; incluso detectar patrones de razonamiento. Esto permitiría predecir palabras y frases. Se combinaría con otras técnicas de IA de forma que se obtenga un modelo óptimo y adaptado al ámbito filosófico que deseamos afrontar. En este sentido, ya existen algunos proyectos en marcha.
Una vez se autogeneran candidatos a conceptos (propuestas), es necesario disponer de una especie de filtro automático que sea capaz de clasificar las propuestas en tres grupos: útiles, dudosas o descartables. Obviamente, el sistema tendría que eliminar los resultados tautológicos, es decir, repetitivos y ya existentes, además de mitigar los sesgos y contenidos tóxicos que puedan aparecer. Una opción de implementación pasaría por añadir capas de razonamiento y varios modelos distintos de IA confrontados para pre-evaluar las opciones.
En principio, este modelo se comportaría como un asistente virtual para el filósofo. La seguridad estaría garantizada, ya que el filósofo siempre sería el que daría el beneplácito a los resultados (Human-in-the-Loop).
Es obvio que la inmensa mayoría de propuestas quedarían automáticamente eliminadas por el propio sistema, pero el filósofo tendría la posibilidad de valorar aquellos resultados etiquetados como útiles o dudosos. Además, el modelo de IA se beneficiaría de cada juicio emitido por el filósofo, aprendiendo a mejorar sus predicciones futuras. La generación de estos conceptos sintéticos podría ser el germen de nuevas ideas avanzadas y clarificadoras.
Conclusiones
En definitiva, la propuesta de utilizar un modelo de IA como herramienta de asistencia para los filósofos podría ofrecer la oportunidad de detectar hilos de argumentos escondidos o de difícil acceso, que pudieran encajar y explicar nuevas situaciones. Otro aspecto interesante es que, con las herramientas adecuadas, se podría conseguir una mayor colaboración entre la comunidad de expertos en esta materia. El aumento de la brecha de velocidad entre el desarrollo tecnológico y filosófico quizá podría reducirse.
Volviendo con Ramón, si la filosofía tuviera grandes beneficios económicos, posiblemente sus universidades estarían repletas de estudiantes; curiosamente, esto posibilitaría la generación de más ideas y conceptos. Como no es así, la utilización de la IA puede contribuir a ayudar en la inspiración de los filósofos; quizá no sea la solución óptima, pero podría ser suficientemente satisfactoria.
Por: Xavier Alcober Fanjul
Acerca del autor
Xavier Alcober Fanjul nació en Barcelona y es ingeniero con experiencia en automatización industrial